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Mi segunda vida

21/Jul/26

Mis redes sociales

¿Cómo se vive la vida una vez que has sentido que lo viviste todo? En un cuarto de vida he sentido que mi existencia ha pasado por todas experiencias –en su mayoría negativas– que transita una persona. Sé que decirlo puede ser estúpido y probablemente en 10 años que lea esto me reiré de mis palabras, o no. Pero también puede ser el resultado de una reflexión eterna por tratar de entender lo que me ha pasado y dónde estoy posicionado en este punto de mi vida. ¿Tendré futuro? ¿He sido exitoso? Este es un recuento por los sucesos que han marcado un parteaguas en mi vida y que me llevan a considerar que posiblemente esté entrando en una de las mejores etapas que pueda tener –y al mismo tiempo mi último gran intento–.


LA SEMILLA

Las heridas sin conciencia

Puedo decir que tuve una infancia muy feliz gracias a algo que hasta la fecha es ley en mi vida: jugar. Proveniente de un hogar de clase media, nunca me faltó nada. Jamás tuve exceso de algo ni lo último en videojuegos o juguetes, pero nunca me faltó comida, un techo y educación.

–Como paréntesis acerca de los videojuegos, al nunca tener el último PES (Pro Evolution Soccer), el último PlayStation, ni ningún juego recién salido, u original, siempre crecí añorando los juegos que no tenía, por ello, mi actividad favorita ahora que soy adulto y tengo el play más reciente, es ver la tienda de juegos y desear aquéllos que no tengo–.

Mi infancia puedo resumirla con altibajos en el aspecto económico: cuando el hogar se mantenía, teníamos recursos para pagar la colegiatura, ver un refrigerador más lleno, ir más al tianguis, y tener unos tenis nuevos después de haber destrozado los míos en el futbol. Cuando el hogar estaba roto, todo en el aspecto económico se reducía a la mitad o menos de la mitad. Pero uno como niño no se da cuenta de eso, lo único que quería era jugar y ver Dragon Ball en las tardes.

Una de las experiencias que más recuerdo de la infancia, fue cuando iba a vender nuestra ropa usada a tianguis con mis padres, pero hubo una en particular que no puedo olvidar. Honestamente nunca disfruté estar ahí y todo radicó en la primera vivencia que tuvimos:

Era la primera vez que íbamos a vender nuestra ropa que menos usábamos a un tianguis a conseguir dinero extra para la semana. Fuimos a un tianguis en Palo Solo, Huixquilucan. Desde que llegamos, el ambiente era muy pesado –y creo que más para un niño de aproximadamente 8 años–. Pusimos nuestro tendido y empezamos a acomodar la ropa, pero inmediatamente llegaron unos tipos que se decían ser los encargados del tianguis y le pidieron una cuota a mi papá –después descubrimos que eso siempre es así, pero fue la manera en la que llegaron lo que hizo que el día empezara mal–. Horas y horas bajo el sol pasaron pues estábamos relegados a una zona sin lona y lo peor estaba por venir: mucha gente se amontonaba y se ponían las prendas sobre sus hombros mientras preguntaban por los precios de otras que tenían entre las manos. Mi papá respondía, yo observaba. Esas perosnas siempre querían aprovechar un descuido o distracción nuestra para intentar robarnos las prendas, así que yo era el que le decía a mi papá qué señora estaba a 3 metros caminando con un pantalón sobre el hombro que nunca pagó. Multiplica ese evento unas 8 veces. También se desató una trifulca y mi padre, rebozando juventud y destilando alcohol, se unía con gritos y ganas de que la pelea creciera. Todo esto puedo decir que lamentablemente era algo muy común en los tianguis, por lo menos en los que me tocó trabajar. Pero hubo un evento que hizo que nunca más tuviera ganas de vovler a trabajar en uno, y en este momento lo relataré.

Recordemos que yo tenía alrededor de ocho años y estaba ahí intentnado que la gente no nos robara ropa. Había visto gente alcoholizada peleando, intentos de robo, y un ambiente bastante hostil para algo tan sencillo como un simple tianguis. Una vez que la pelea había terminado, vi a varios niños de mi edad, en ese entonces, sentados en la banqueta frente a la mía. Todos empezaron a hacer algo que no entendía en ese entonces, preparaban algo que depositaban en unos pañuelos o en papel. Todos se veían ansiosos y con mucha emoción. Eran unos 4 niños aproximadamente de entre 8 y 11 años. Mientras reían, comenzaron a llevarse los pañuelos a la nariz, disfrutando cómo los adultos se habían agarrado a golpes y volvían de la pelea con las playeras ensangrentadas. Pasaron los minutos y poco a poco iban perdiendo la cordura. Yo no podía dejar de verlos, no sabía qué inhalaban y no tenía idea de que un niño podía consumir sustancias que lo alejaran de la realidad como había visto con mi propio padre.

Estos niños a metros de distancia de mí estaban desprendiéndose de su vida inhalando "mona", "activo" o "PVC". Tengo muy fresco el recuerdo de un niño, que después de haber sentido los efectos de la sustancia comenzó a hablarle al sol. Estaba en el medio de la calle mirando al sol y hablándole, mientras su cuerpo poco a poco se descomponía y se hacía pequeño, como si sus huesos se estuvieran encogiendo a la par de sus años de vida, su capacidad cerebral y sus sueños.

No sabía describirlo en ese entonces, pero más grande me di cuenta que sentí una profunda pena por aquellos niños. Creo que en ese entonces la única maldad de la cual yo era conciente era de las peleas de mis padres: sabía que eran malas porque terminaban en llantos, gritos y abandono. Pero en esa ocasión descubrí el robo, la pelea, y los estragos que ocasiona la adicción a las drogas para niños de 8 años. También a ellos se los llevaba la droga, no sólo a mi padre.

Mi infancia podría resumirla –injustamente– en 7 palabras: drogas, peleas, abandono, amor de mamá e imaginación. Esa imaginación me llevó a siempre querer crear un mundo que no doliera tanto como el real.


GRIS ADOLESCENCIA

Un gris despertar

Si hay algún adolescente que me esté leyendo, quiero que sepa que yo era uno de aquéllos que intentaba brillar pero simplemente era el bufón de todos. Físicamente estaba extraño, era demasiado flaco, no era interesante, no tenía dinero para salir a las fiestas (a las pocas que era invitado), nunca le gusté a las chicas que me gustaban y toda la realidad de mi vida en casa comenzaba a tener sentido, a ser una realidad de la cual ya era lúcido y dimensionaba la magnitud de los problemas que eran.

Era muy inseguro de adolescente. Nunca me sentí digno de ser escuchado, admirado por algo, tenía malas calificaciones y sólo iba a la escuela a saltarme clases para poder distraerme. Sólo hacía lo mínimo necesario para mantener mi beca y poder seguir estudiando ahí –porque es lo que tenía que hacer–.

No puedo decir mucho de esta etapa, sólo que probablemente fue uno de los periodos en los cuales me sentí más insignificante, sin rumbo y sin sentido alguno de pertenencia hacia amigos, familia o habilidades. Sentía que no era bueno para nada.


LA GRAN REVELACIÓN

Un espejismo de gloria

Esta es una de las etapas más complejas, probablemente porque es el recuerdo más fresco que tengo y también porque viví una etapa con contrastes impresionantes.

Saltemos a mi adultez temprana –18 a 22–. En este periodo de tiempo sin lugar a dudas lo más importante que viví fue adentrarme al mundo de la actuación. ¿Gracias a quién? A la persona que siempre ha estado ahí para cuidarme: mi madre. Ella fue la que me dijo que lo intentara y así lo hice.

Después de haber sentido que no era absolutamente nadie en mi adolescencia, pasé a una fase donde sin lugar a dudas fui el protagonista y el más relevante. La actuación fue un alivio profesionalmente pues me sentí bueno en algo. No sólo yo me creía bueno, todo el mundo a mi alrededor me reconocía mi habilidad. En cuestión de mujeres, recibí toda la atención que mi yo adolescente siempre añoró. Físicamente estaba muy bien, me sentía muy importante, tenía validez ante mis porpios ojos; pero por dentro estaba completamente vacío. Mi padre estaba en una crisis de drogadicción que lo llevó a vivir en la calle. No teníamos dinero, yo pagaba el metro y bocadillos con tarjeta de crédito, la cual nunca podía pagar. Así que, de entre 5 y 20 pesos que firmaba con la tarjeta más intereses, fui acumulando una deuda grande que, a fecha de publicación de este escrito, sigo pagando. Era un héroe en la escuela de actuación y volvía a casa a un hogar sumergido en la tristeza y miseria. Mientras recogía premios por actuar, volvía a mi realidad de llanto por ver a mi padre en los huesos y delirando dentro de un anexo por haber llevado su vida al abismo.

Me volví superficial porque era lo único que quería que todo el mundo supiera de mí: la superficie. No quería que nadie supiera que despúes del aplauso volvía a una realidad deprimente. Sentía que estaba en la cima del mundo a través de una escalera hecha del más frágil cristal. No quería que nadie supiera que el más bueno en la escuela, era el más triste en casa. Reía a carcajadas en el escenario mientras lloraba a más no poder fuera de él. Pero sí, era el mejor. Esa sensación de ser el más grande me llevó a sentir que era invencible, que nadie me podía derrotar: ni siquiera los problemas familiares. No había mal deseo o envidia que pudiera contra mí. Eso me llevo a creer que nunca bajaría de esa sensación de poder.

Pero qué equivocado estaba.


LA CAÍDA

Habitar el mundo real

Así es, siento que la gloria en ese momento sólo duró cuatro años. Tuve que salir de manera prematura de la escuela de actuación porque la situación en casa y en mi economía iba de mal en peor. No tenía nada y estaba sumergido en deudas. Yo a mi padre lo daba por muerto y no sentía que nada tenía sentido. Ni siquiera actuar. ¿Por qué fingir que soy alguien en el escenario si en mi vida real todo está destruido? ¿Por qué seguir jugando si lo bueno se ha agotado?

Me salí seis meses antes de terminar la carrera de actuación. Trunqué el camino fácil y casi seguro que pude haber tenido en la televisión. Pasé de ver a decenas de personas aplaudiéndome, a recibir chasquidos porque alguien necesitaba un café rápido. De no ser por Daniela, mi vida no hubiera tenido sentido alguno. Toda esa etapa de caída –de mis 23 hasta la primera mitad de mis 25– tiene algo –o alguien– bueno. De no ser por Daniela, no sé qué sería de mí.

Siempre te estaré agradecido.

Cabe destacar que no hice prácticamente nada dentro de la actuación. Pasé de ser una gran promesa a no ser nada, a ser un olvidado sin trabajo.


EL RECUENTO

¿Por qué el drama?

Digo "drama" en este momento para burlarme de mí. Y porque sé que siempre hay alguien con una historia peor que la de uno. Pero puedo decir que después de la escuela de actuación me sentí sumamente fracasado. Mi potencial florecía, hacía lo que me apasionaba, recibía aplausos, era al que todo el mundo tenía que ver. Pasé de eso a la frustración de sentirme estancado y sin la oportunidad de demostrar mi talento.

Pero, ¿recuerdas cómo empezó este bosquejo?

"Este es un recuento por los sucesos que han marcado un parteaguas en mi vida y que me llevan a considerar que posiblemente esté entrando en una de las mejores etapas que pueda tener –y al mismo tiempo mi último gran intento–."

Si el tono de lo que he escrito ha sido desolador y me cuentro a la mitad de mis 25 años, ¿por qué aún creo que puedo entrar en una de las mejores etapas de mi vida? Esto es un mensaje de aliento no sólo para mí; espero que para ti también lo sea.


LA AMBICIÓN NUNCA MUERE

Un último intento

Si soy honesto, la actuación nunca me ha defraudado, el arte nunca me ha defraudado. Me decepciona el mundo "artístico" de mi país. ¿Cuáles son las opciones? ¿Hacerse el galán en una telenovela hueca con la misma historia de todas pero ambientada en un rancho, una empresa o el barrio? ¿Hacer películas y series que nadie ve porque las historias son chafas y nadie es carismático? ¿Creer que porque ves las películas que están nominadas al Oscar tú actúas en esos proyectos y estás a la par? Los "artistas" en México viven de la admiración de la gente por salir en la tele, nada más. No porque hayan hehco algún trabajo que alguien realmente haya valorado. A la gente le gusta tomarse fotos con gente que sale en la televisión, y ya. Esa realidad a mí me decepciona y me pone triste.

¿Por qué digo que ahora me toca una segunda vida? He estado en la miseria económica, he pasado hambre porque mi tarjeta había llegado al límite, he dado por muerto a mi padre y había hecho las pases con eso, me sentí el mejor y el peor, toqué la gloria del aplauso y me hundí en la miseria del chasquido. Así que ya no tengo nada qué perder, sólo puedo sumar.

Yo creo que puedo hacer una carrera que me haga sentir orgulloso pero, más importante aún, que a la gente realmente le haga sentir y emocionarse, les haga recordar buenos momentos con sus amados y que les haga reír y llorar, llorar y reír, como éste que escribe y ríe y llora amargamente, su humilde cortesano de cabecera, Jorge Rosas, su bufón.

Porque nada tengo, lo haré todo.

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